Una flor sintética, aislada de una moldura de yeso, nos permite un juego de contrastes, texturas y escalas que retienen un poco el pasado en las simetrías academicistas. Molduras que decoran las viejas fachadas de un modo casi artificial, o cenefas gastadas e incompletas, nos llevan a un tiempo donde se buscaba la emoción del objeto único, la naturaleza se incorpora de un modo plástico y abstracto, añadiendo un matiz sensible a superficies vacías e impolutas.









